
Polanco contó que el sábado en la mañana, aprovechando la ausencia de feligreses y del personal que labora en las oficinas del templo, el sujeto echó en un saco diferentes objetos que halló allí, retirándose tranquilamente del área, convencido de que todo le había salido a pedir de boca. Sin embargo, cuando el padre Aníbal se percató del hurto, con algunas descripciones que le dieron vecinos del ladrón, se montó en su vehículo y comenzó a recorrer las calles aledañas, logrando encontrarlo cuando llevaba sobre la cabeza el saco con lo sustraído en la iglesia.
Fue entonces cuando le dijo al sujeto que es el párroco del templo que parcialmente había saqueado minutos antes, comenzando a predicarle la palabra de Dios y que, a pesar de lo ocurrido, lo perdonaba. A medida que el padre Aníbal le hablaba, el hombre iba cambiando su actitud agresiva llegando a una pasividad tal que decidió entregarle los objetos robados con todo y saco.
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