
Como si fuese un reflejo, unas de las primeras reacciones tras conocerse la confesión de Mark McGwire de que usó esteroides durante una década fue acordarse de Sammy Sosa.
Después de todo, el dominicano fue quien en la campaña de 1998 protagonizó la electrizante batalla de jonrones que cautivó a las Grandes Ligas y sirvió para revitalizar el béisbol tras la huelga de jugadores que cuatro años antes dio al traste con una Serie Mundial.
Pero Sosa no ha dicho ni siquiera si esta boca es mía luego que McGwire salió a decir el lunes que "me llegó la hora de hablar sobre el pasado y confirmar lo que la gente sospechaba".
Sosa dirá que no tiene vela en ese entierro, que no hay pruebas en su contra y que sus extraordinarios logros en las mayores —apenas uno de los seis peloteros en la historia con por lo menos 600 jonrones, y el único con tres campañas de al menos 60— son pulcros.
La cosa no es tan sencilla: quedarse callado no es lo más recomendable para el dominicano, si es que aún guarda ilusiones de ingresar al Salón de la Fama.
Quiéralo o no, Sosa está cubierto bajo el mismo manto de sospechas que hizo trizas la reputación de McGwire, quien lleva tres años sucesivos sin alzar vuelo en la votación para el templo de Cooperstown, con un porcentaje que oscila en un ínfimo 25%.
Dentro de muy poco llegará el turno de Sosa para afrontar el juicio de los votantes de la Asociación de Cronistas de Béisbol.
Después de todo, el dominicano fue quien en la campaña de 1998 protagonizó la electrizante batalla de jonrones que cautivó a las Grandes Ligas y sirvió para revitalizar el béisbol tras la huelga de jugadores que cuatro años antes dio al traste con una Serie Mundial.
Pero Sosa no ha dicho ni siquiera si esta boca es mía luego que McGwire salió a decir el lunes que "me llegó la hora de hablar sobre el pasado y confirmar lo que la gente sospechaba".
Sosa dirá que no tiene vela en ese entierro, que no hay pruebas en su contra y que sus extraordinarios logros en las mayores —apenas uno de los seis peloteros en la historia con por lo menos 600 jonrones, y el único con tres campañas de al menos 60— son pulcros.
La cosa no es tan sencilla: quedarse callado no es lo más recomendable para el dominicano, si es que aún guarda ilusiones de ingresar al Salón de la Fama.
Quiéralo o no, Sosa está cubierto bajo el mismo manto de sospechas que hizo trizas la reputación de McGwire, quien lleva tres años sucesivos sin alzar vuelo en la votación para el templo de Cooperstown, con un porcentaje que oscila en un ínfimo 25%.
Dentro de muy poco llegará el turno de Sosa para afrontar el juicio de los votantes de la Asociación de Cronistas de Béisbol.
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